viernes 13 de noviembre de 2009

AYPATE, CUIDADELA INCA EN LAS ALTURAS

AYPATE, CUIDADELA INCA EN LAS ALTURAS
Habiendo visitado el enigmático bosque de Cuyas en la provincia piurana de Ayabaca, quedó en mí el interés por conocer los restos de la ciudad de piedra construida por los incas después de conquistar la región, aquella que se halla sobre el cerro Aypate, de allí su nombre.

Acompañado de un entusiasta grupo de alumnos partimos, a las cinco y media de la madrugada, desde Ayabaca. Nos esperaba un tortuoso camino de tres horas. Cruzando pequeños y “dulces” pueblos donde preparan los famosos “bocadillos”, que son unas chancacas cuadradas con maní muy agradables, llegamos a Yanchalá a desayunar. Disfruté de una presa de chancho y huevo frito sobre mote, acompañado por café hervido. Para mi gusto, el pan fue el gran ausente.


Una hora más de camino por una trocha muy empinada nos condujo a un extenso terraplén, al pie del cerro Aypate, hasta donde llegaron las dos camionetas. El cerro en mención, que se levanta a 2.916 metros sobre el nivel del mar, está rodeado por una vegetación tropical muy típica. Una empinada cuesta, entre un terreno arbustivo, no llevaría a nuestro destino. El esfuerzo valió la pena, en la cima, frente a nosotros se presentaba el ingreso a una autentica ciudadela inca, con una portada de doble jamba construida con piedras al más puro estilo del Cusco Imperial. Siento que los piuranos no han tomado aún conciencia de la importancia de los restos de Aypate; pues, si bien es cierto no pueden ser comparadas con Macchu Picchu, sin embargo tienen gran similitud por sus piedras y por estar levantada en una elevada montaña entre la espesa floresta.


Antes de la llegada de los incas, la zona estuvo habitada por el grupo étnico de los ayahuacas, que junto con los de Calúa y Caxas, formaron la Confederación de los Guayacundos. A los antiguos ayahuacas, cuyo nombre alude a “tierra de muerte” se les recuerda por su espíritu beligerante, renuente a aceptar la autoridad de un jefe supremo. Para contener el avance de invasores en sus territorios se confederaban temporalmente y lo hicieron con éxito frente a la amenaza de los huancabambas y los bracamoros, pero no pudieron ofrecer suficiente resistencia al poderoso ejército inca. Fueron sometidos por el Inca Tupac Yupanqui tras una dura batalla, que incluyó el exterminio de los pueblos del valle del Alto Piura. El sitio de Aypate, fue construido por orden de Tupac Yupanqui muy cerca del gran Cápac Ñan o gran Camino Inca.


Luego de inscribirnos en el libro de don Máximo Alberca, su celoso guardián, pasamos a recorrer el monumento. Primero la gran plaza ceremonial y por unas gradas, pasando la gran portada, ingresamos a los llamados Complejos A y B. Llama la atención, en el segundo, un gran cuarto cuyas paredes están constituidas por grandes bloques de granito muy bien labrados y colocados con mucha precisión y exactitud. También es importante visitar, a la izquierda del monumento principal, una pirámide de base rectangular de tres plataformas, conocida como el “ushno” o altar a La Luna. Sin lugar a dudas, Aypate es el monumento antiguo más importante que tiene el departamento de Piura, pero hay que convertirlo en producto turístico


Impresionados por la calidad turística del monumento, pero apenados por la dificultad para llegar a el y disfrutarlo sin mucho sacrificio, emprendimos el retorno. Aprovechando el tiempo, visitamos la cascada del Molino, donde pudimos refrescarnos del intenso calor. Nuevamente en Yanchalá, no sólo nos esperaba un delicioso almuerzo a base de sopa de trigo y gallina de corral guisada, sino el espectáculo de los jardines floridos con bellas orquídeas, en especial las “catleyas máxima”, que llaman la atención por su intenso color lila. Desde el camino de regreso y a la distancia, permanentemente veíamos a Ayabaca, ciudad construida sobre los 2 715 metros sobre el nivel del mar en las faldas del cerro El Calvario como en un balcón; comprendiendo el por qué de sus noches frías, más bien gélidas.

Al final de la jornada emprendimos la vuelta a la calida Piura. Seis horas de viaje separaban el frío del calor, la naturaleza del urbanismo, la tranquilidad del bullicio, lo irreal de lo real. Pasando por Paimas almorzamos una increíble sopa de carne de res que no encuentro ya en Trujillo y un estofado también de res acompañado con frejoles y yucas. Excelente.

Mas adelante, la piedra wanka de Culqui, cual oráculo antiguo, pronosticaba un buen retorno para mis alumnos que se portaron como auténticos viajeros.



jueves 12 de noviembre de 2009

¿FRUTAS?,…LAS DE MI TIERRA

¿FRUTAS?,…LAS DE MI TIERRA

¿Tienen las frutas alguna relación con el turismo? Considero que sí, pues la gastronomía también las incluye. Entonces, cabe la pregunta: ¿Cuenta el departamento de La Libertad con una oferta frutícola de importancia? Mi respuesta nuevamente es, sí. Esta no es únicamente abundante sino también variada.


Viajar permanentemente por la región liberteña me ha permitido gozar de sus delicias. Los invito a recorrer en estas líneas cada provincia para reconocer sus bondades en este tema.


La PROVINCIA de VIRU, específicamente en el valle del río Chao, se cultivan sandías muy agradables. Gracias al Proyecto Chavimochic, hoy se puede cosechan uvas de calidad, con la que se está elaborando vinos y piscos; además, hay parcelas con mangos y paltas para exportación.


Todas las huertas del valle del río Virú producen la “ciruela viruñera”, fruta que podríamos decir es su símbolo. En Zaraque, Tomabal o el Niño, se producen dulces guanábanas, que son primas hermanas de las chirimoyas, así como huabas o pacaes, deliciosos copos blancos encerrados en una larga vaina verde. También, en las zonas casi desérticas del valle se siembran jugosos pepinos, de pulpa gruesa y frescos como los melones. En esta provincia he tenido la oportunidad de saborear una fruta desconocida para muchos: el palillo, que tiene la apariencia de una guayaba; su comida es una pulpa dulce y blanquecina semejante a la del níspero, pero hay que tener cuidado de no masticar sus pepas pues son muy amargas.


En la PROVINCIA de TRUJILLO, en la campiña de Moche, se cultivan lúcumas, muy empleadas en helados y postres; guayabas, ideales para las jaleas caseras, los mameyes y cerezas. En casi todas las ramadas de las casas de la campiña mochera cuelgan pulposos tumbos especie obligada en toda "ensalada de frutas”. Son infaltables además las rojas y frescas granadas y los dulces higos, mientras en los arenales de la zona abunda el prehispánico maní.

Otros distritos de la provincia de Trujillo también nos brindan riquezas frutícolas, como en Huanchaco donde, aprovechando la tecnología chimú, se siembran sandías en los wachaques de Chan Chan. La piña de Poroto es reconocida, en el ámbito nacional, por su grado de acidez que la convierte en ideal para la industria de la mermelada. En Simbal se siembra, desde hace algunos años, la fresa, cuya semilla la trajo mi suegro, don Oswaldo Guzmán, para su hacienda Mochal, donde alguna vez se cultivó también la pumarrosa, una fruta parecida a la pera, pero de color rojo.


Siguiendo la ruta costera, en la PROVINCIA de ASCOPE, en Cajanleque se producen los famosos plátanos del Molino; mientras que en Paiján se siembra a gran escala la sandía y el melón. Las PROVINCIAS de PACASMAYO y CHEPEN ubicadas en el valle del río Jequetepeque, son célebres por su gran producción de mangos, que durante las temporadas de cosecha inundan el mercado nacional.


Una fruta propia de las campiñas costeñas, hoy en día muy escasa, es la naranja agria, que en época de nuestros abuelos se usaba para preparar el cebiche y el pescado sudado, es prima hermana del limón, y prima de la mandarina, frutas que también abundan en esos lares.


En la sierra liberteña, la PROVINCIA de OTUZCO, es una despensa frutícola muy importante. El Alto Chicama es pródigo en jugosas naranjas como las de Huayobamba, Chapihual o Callancas, las limas de Coina y las granadillas de Huaranchal. De Charat proceden famosas manzanas serranas, ideales para jugos. De otros distritos como La Cuesta son las chirimoyas, mientras que de Sinsicap son los membrillos, las manzanas y los blanquillos. Casi todos los valles interandinos nos ofrecen sus cremosas paltas. La PROVINCIA de GRAN CHIMU, despensa frutícola de antaño, promueve hoy el monocultivo de una fruta muy apreciada por su frescura y tamaño: la uva de Cascas.

En las PROVINCIAS de PATAZ y BOLIVAR, se pueden saborear frutas tropicales, entre las que destacan la papaya, la naranja y el mango. En puerto Balsas, a orillas del río Marañon, he disfrutado de una refrescante agua de coco, fruta que por allí abunda. La caña de azúcar que se usa para preparar el aguardiente o yonque, es así misma muy dulce y, sobre todo, suave.


El interior de La Libertad ofrece frutas que aún no han entrado a la mesa común. Entre las variedades poco conocidas destaca el chiclayo, una calabaza con la que se prepara una jalea bastante agradable. Poco apreciadas son las tunas silvestres y sus primas hermanas, las pitajayas, que abundan en La Cuesta (Prov. Otuzco) y en Huaso (Prov. Julcán). Otros frutas que están en esta categoría son, el aguaymanto, también conocido como tomatillo silvestre y el capulí, inmortalizado por Vallejo cuando en un poema pregunta: ¿Que hará a estas horas mi dulce y andina Rita de junco y capulí?...” En Huamachuco, abunda el sauco, pequeña fruta para elaborar mermelada.

En esta lista debo considerar a los yacones, en especial los de Usquil, una de mis frutas preferidas, semejantes a los camotes pero de una comida dulce y vidriosa, parecida a la de la yuca. También están el puro puro de Cachicadán, pariente de la granadilla y del maracuyá. Otra fruta exquisita es la chalarina que se produce en Coina, semejante a un membrillo pero con una pulpa parecida a la de la pera de agua. No puedo dejar de mencionar a las moras que se cosechan durante los meses de verano en Pampa Grande, hermoso paraje otuzcano; ni a las cansabocas, una ciruela ancestral muy roja y frágil que abunda en las campiñas mocheras y simbaleras.


Cada vez que compruebo la riqueza frutícola de nuestro departamento tengo sentimientos encontrados; por un lado, de orgullo por que estamos conservando frutas pre-hispánicas como la lúcuma, la huaba, la guanábana, el pepino, el tumbo o el maní; y de otro, preocupación, porque nos estamos dejando invadir por frutas de otras latitudes en desmedro de algunas que están desapareciendo como la puma-rosa, el palillo, la cansaboca, el puro puro, la pitajaya o la naranja agria.

jueves 22 de octubre de 2009

EN EL ENIGMATICO BOSQUE DE CUYAS

EN EL ENIGMATICO BOSQUE DE CUYAS

Siempre he vinculado a la provincia de Ayabaca con su fidelidad por la venerable imagen del Señor Cautivo y con los restos arqueológicos del centro administrativo inca de Aypate, al pie del gran Cápac Ñan. Cuando me enteré que cerca de la capital provinciana existía un bosque de neblina, con árboles muy antiguos y con una fauna muy particular, por mi condición de viajero, no dude en conocer aquel interesante potencial recurso turístico.


La andina provincia piurana, dista unas cinco horas desde de la capital regional, la cálida Piura. Una carretera asfaltada nos acompaña hasta Paimas distrito, en cuyas laderas abundan los ceibos, árboles cuyas extensas ramas les dan un aspecto “fantasmagórico” pues de ellas cuelga la lana que éste produce. En su tronco almacena agua para las épocas secas, por eso el permanente color verde de su corteza. A poca distancia, antes de Paimas, en el caserío de Culqui una ancestral piedra “wanka”, cual oráculo prehispánico nos pronosticó un exitoso viaje, como todos los que hago, previa oración al Altísimo.

Atravesando una geografía propia de la serranía esteparia y luego de vencer una pronunciada y árida cuesta llegamos a nuestro destino. Ayabaca, ubicada a 2,819 metros de altura es una típica ciudad andina de la región quechua, con sus bondades y carencias; y con gente muy hospitalaria. Fiel a mi interés de “historiador autodidacta” indague por el ayabaquino Contralmirante Lizardo Montero Flores quien ocupó la Presidencia del Perú de 1881 a 1883 en plena guerra con Chile, personaje poco mencionado en la historia de nuestro país. Un atento poblador me llevó a la casa donde nació Montero, quedando satisfecha mi curiosidad.

A escasos cinco kilómetros, pasando por Yacupampa, al pie del mirador de Yantuma, se halla el famoso bosque de Cuyas, razón de mi viaje. Hasta hoy ignoro el por qué de su nombre. Para mí, fue verdaderamente impresionante estar delante de él, me parecía estar frente a un pedazo selva alta amazónica, ¡en plena serranía¡

Su altitud varía entre los 2200 y 2900 msnm, es un bosque de neblina de unas 600 has. conformando un ecosistema forestal único y de abundante flora y fauna silvestre. Su ambiente está caracterizado por una estacional cobertura de nubes al nivel de la vegetación. Con la compañía de dos entusiastas “ángeles protectores” del bosque, me propuse recorrerlo en dos zonas distintas. Guiado por don Esteban Aguilera hombre que desde su niñez ha sentido el bosque como suyo y de Blanquita Salazar una excelente profesional de gran sensibilidad por la naturaleza, nos internamos en aquella enigmática “selva serrana”.

En una primera etapa recorrimos la zona conocida como “bosque secundario”, es decir un bosque cuyos árboles alguna vez fueron talados y han vuelto a renacer. Me informaban que las especies forestales tenían entre ochenta y cien años. Hay senderos para transitar y poder apreciar, gracias a que la luz solar penetra entre las ramas, una gran variedad de bromelias, orquídeas y algunos frutales. Llamó mucho mi atención el “toronche”, una pequeña papaya similar a la arequipeña.


Mas adelante nos esperaba el “bosque primario”, cuyos árboles nunca habían sido talados. Estos son enormes en tamaño y edad, en especial los repragueros y los paltones. Sus ramas, llenas de musgo por la humedad que produce la neblina, acogen también a orquídeas y bromelias. Dada la espesura del mismo, los rayos solares penetran con dificultad como en la selva amazónica. En este medio cohabitan más de cien especies de aves como la pava barbada o de monte, búho estigio, pauraque, colibrí pico espada, chilalo u ollerano, rasca hojas, quetzal cabecidorado, entre otras. Caminar en el bosque no es cosa fácil pues se yergue majestuoso sobre una ladera pedregosa. Esta característica geográfica impidió que los depredadores acaben con el por la dificultad que significaba trasladar los árboles talados. La noche nos cayó cuando estábamos dentro del bosque por lo que salir se convirtió en una aventura con innumerables resbalones y caídas, poco gratas por cierto.


Al final de la jornada no pudimos menos que felicitarnos por haber transitado por un auténtico relicto, único en esta parte del Perú. Razón más que suficiente para hacer esfuerzos por resguardarlo y protegerlo. El bosque de Cuyas debe estar considerado, previa protección y adecuado manejo, obligatoriamente en la oferta turística piurana. Para ello es necesario que la población se sensibilice en el uso racional del tesoro que Dios les ha dado. El ecoturismo debe ser la actividad que debe practicar la comunidad local para recibir los beneficios que éste trae consigo.

El regreso a Piura por otra ruta, también fue interesante. Un rosario de pueblos esperaba nuestro paso, primero Ambasal, luego Sicchez, después Jililí que aquel día celebraba su fiesta patronal en honor a San Francisco de Asís, mas adelante Montero y al final Paimas nuevamente. He regresado encantado de haber conocido un pedacito de mi patria y comprobado que hay personas muy comprometidas con la preservación de nuestros tesoros naturales, don Esteban y Blanquita son dos muestras de ello

sábado 17 de octubre de 2009

UN NUEVO LIBRO SOBRE TURISMO


En el Salón Consistorial de la Municipalidad Provincial de Trujillo, el pasado jueves 15 de octubre se presentó el libro “APORTES A LA DOCTRINA DEL TURISMO” del docente universitario y consultor en turismo Abog. Iván La Riva Vegazzo. La presentación fue organizada por la Municipalidad de esta ciudad y por la Cámara de Turismo de La Libertad, (CADETUR- La Libertad) entidad que agrupa a todos los gremios del sector turístico regional.


La obra es el compendio de diferentes artículos, debidamente organizados en siete capítulos, que La Riva Vegazzo ha venido publicando en diarios y revistas, locales y nacionales, y que han merecido el interés del empresariado, los profesionales y estudiantes de turismo.


Los temas del novedoso libro versan sobre doctrina turística, en especial sus definiciones y modalidades; artículos vinculados al turismo como herramienta del desarrollo socio-económico; otros referidos a la calidad turística; también sobre aspectos legales nacionales y por último artículos vinculados al turismo sostenible; además de incluir otros sobre el turismo de naturaleza y el ecoturismo.

Dicha obra es un mérito que se merece destacar si tenemos en cuenta la escasez de libros en materia turística a nivel nacional, pese al desarrollo que esta actividad viene experimentando. Cabe destacar que en la región nororiental del país el autor trujillano, con sus cinco obras anteriores, es el profesional que más ha producido libros en materia turística.


La obra de La Riva Vegazzo se presenta cuando el país se encuentra en una efectiva reactivación de este ramo y ha de contribuir como fuente de información muy necesaria para el sustento doctrinario que avale los esfuerzos empresariales por sentar las bases de un auténtico despegue del turismo en un contexto internacional cada vez mas competitivo, especializado y exigente.

JUAN DE DIOS Y EL "MILAGRO DEL BOSQUE SECO"

JUAN DE DIOS Y EL "MILAGRO DEL BOSQUE SECO"

Intrigado por conocer los dominios legendarios del mítico Chaparri, vencedor de su hermano Yanahuanca al cobrarle la afrenta que éste le infringiera por raptar a la bella Collique, su esposa; viajé hasta sus territorios de la actual Chongoyape en la región premontana de Chiclayo.


No pude tener mejor anfitrión que mi buen amigo, don Juan de Dios Carrasco uno de los lideres de la Comunidad campesina de “Santa Catalina de Chongoyape” propietaria de una gran territorio que se ha convertido en una de las mejores áreas de protección para los bosques secos, con una extensión de 34,412 hectáreas, hogar de una gran variedad de vida silvestre, incluyendo muchas especies endémicas y amenazadas como el oso de anteojos, conocido también como Ucumari, el cóndor andino, la pava aliblanca, el zorro costeño, el guanaco, el venado, además de las doscientas veinte especies de aves.


La reserva debe su nombre a la espectacular montaña llamada Cerro Chaparrí que domina el paisaje. Está montaña fue considerada sagrada por la cultura Mochica y lo sigue siendo para los shamanes de todo el Perú. Adicionalmente Chaparrí es un centro de investigación científica dedicado a los ecosistemas del bosque seco y a las especies que lo habitan, pues esta es una ecorregión única en el mundo.

Aquella soleada mañana, que se presentaba muy apta para caminar entre cardos, cactus gigantones, árboles de algarrobo, faiques, “palo santo” y “cabo verde” que por esta época lucen hermosas flores amarillas, iniciamos el recorrido visitando el taller de artesanía, valor agregado que posee el proyecto, cuyo local está ubicado en la misma comunidad, a diecisiete kilómetros del ingreso al bosque.


Es muy meritorio el trabajo de los comuneros de poner en valor turístico un territorio donde hace años ellos mismos lo calificaban como “las tierras que no valen nada”. Hoy, estos territorios de rica e interesante flora y fauna acogen al visitante a través de senderos muy bien trazados y señalizados, con frescos paradores, muestras fotográficas, centro de interpretación, además de una zona de alojamiento y alimentación increíblemente bella.


Los principios del ecoturismo están muy presentes en Chaparri. Es muy gratificante caminar entre aves que nos acompañan con sus trinos. Anima mucho ver, en su propio hábitat, a los zorros y venados acercándose a saludarnos sin el mayor temor. Una experiencia única fue apreciar a los osos de anteojos subidos en los árboles gozando de absoluta libertad; otros estaban siendo preparados para regresar a esa vida silvestre de la que nunca debieron ser sacados. Conocí una manada de sajinos lista para ser reintroducida en la vida silvestre. El corto vuelo de las casi extintas pavas aliblancas entre las ramas de los árboles, es otro espectáculo digno de resaltar.

En el bosque no todo es seco. Los manantiales llenos de pececitos cumplen con su misión de proveer el líquido elemento para lograr el equilibrio que necesita este privilegiado ecosistema. Todos nacen al pie de los higuerones, un árbol cuya presencia es sinónimo de existencia de agua. La frescura de sus imponentes ramas y la de los árboles de mango, convierten a estos lugares en idílicos oasis para el disfrute de los agotados viajeros.


Mi caminata apreciando el mensaje laborioso de las hormigas y las abejas que producen la “miel de palo”, cruzando puentes colgantes y conocer el valor de las plantas medicinales, escuchando leyendas, fotografiando cuanto animal se cruzaba en mi camino y disfrutando de los frescos chorros de agua que encontraba en los senderos tuvo un corolario “de película”. Al final de la jornada, bajo una fresca construcción de estilo mochica, entre una nube de aves lugareñas, al pie de un manantial me esperaba una jarra limonada helada que acompañó muy bien a la gallina guisada con papas amarillas y arroz a la leña en que consistió mi almuerzo. La satisfacción de mis acompañantes, dos jóvenes que se inician en el apasionante mundo del turismo, Pilar y Diego, era indescriptible.


He reservado estas últimas líneas para rendir homenaje a un hombre, que junto a otros de la comunidad de Santa Catalina, han hecho posible este “milagro del bosque seco”; mi buen amigo Juan de Dios Carrasco quien nunca pisó una universidad en búsqueda de una profesión, aunque ahora asiste a ellas invitado a dar conferencias. Nunca leyó textos doctrinarios de turismo, pero comprende y aplica los principios rectores del turismo sostenible. Nunca pensó vivir de aquella “tierra que no vale nada” pero hoy ésta es la mayor fuente de ingresos, para él y sus socios. Nunca escucho hablar de “capacidad de carga” pero sabe que solo cuarenta visitantes al día puede soportar el bosque, caso contrario se desequilibraría el ecosistema.

Juan de Dios, es de aquellos peruanos que hoy saben convivir con la naturaleza y vivir de ella. Sabe, mejor que cualquier docente universitario, que el turismo es una verdadera fuente de riqueza natural y espiritual. Su sensibilidad por la naturaleza ya quisiera yo que la tengan mis alumnos. No cabe duda que existe la “universidad de la vida”, en la que Juan de Dios es uno de sus catedráticos, Chaparri su aula y yo pretendo ser su alumno aplicado.

jueves 3 de septiembre de 2009

EN LA SELVA VIRGEN DE TINGANA

EN LA SELVA VIRGEN DE TINGANA

Uno de mis sueños de viajero ha sido estar alguna vez en una selva virgen, alguna a la que el hombre aún “no la haya pisado”. Esa oportunidad se me presentó hace pocos días.

Con un grupo de entusiastas alumnos viajé a la selva del Alto Mayo en la amazónica región de San Martín donde la temporada de verano ha originado que los ríos bajen su caudal permitiendo caminar por terrenos que en otras épocas sería imposible. Esos son terrenos “vírgenes”.

Partiendo de Trujillo, en un viaje de dieciséis horas, cruzamos las cordilleras occidental y central de los Andes; primero por el paso del Abra Porculla (Piura) y luego por Pomacochas (Amazonas); ingresando a la amazonía por el Abra de Pardo Miguel (San Martín), al amanecer. Un especial sentimiento me sobrecogió a las doce y cuarenticinco de la noche cuando pasamos por el puente de Corral Quemado sobre el río Marañón y la hoy famosa “Curva de la muerte”, escenario de los hechos luctuosos pasados donde murieron innecesariamente hermanos indígenas y policías.

Ya en Moyobamba nos aprestamos a cumplir con nuestro cometido, internarnos en la selva de Tingana, un área natural protegida y de conservación municipal. Para ello nos dirigimos hasta la zona conocida como la boca del Huascayacu, nombre del río que entrega sus aguas al río Mayo. Surcamos este caudaloso río en embarcaciones conocidas como “peque peque” durante dos horas, luego ingresamos a uno de sus afluentes, el río Avisado; llegando al paraje conocido como Puerto Punga.

Este pequeño poblado es la puerta de ingreso a la selva de Tingana. Sus escasos pobladores han formado la asociación “Desarrollo ecoturístico y de conservación del Aguajal Renacal” (ADECAR), conformada por siete familias y creada con el objetivo de preservar los recursos naturales de esta área, desarrollando el ecoturismo como una actividad que promueve la conservación y la participación activa de la comunidad local.
Esta enmarañada selva, llamada también “el bosque anfibio”, está ubicada sobre los 840 metros sobre el nivel del mar, con un área de 3, 479. 73 Has de bosque natural temporalmente inundable por el río Avisado y se caracteriza por poseer abundante y predominante población de árboles de aguaje (Mauritia Flexuosa) y renacos (Ficus Sp) abundando dos especies: el huasca renaco y el chullachaqui renaco. A los renacos los llaman también los “árboles que caminan”, porque a medida que crecen dejan caer raíces, de las que nacen nuevas extensiones que van cubriendo una orilla y otra, como si caminaran. De los aguajales, típicas y enormes palmeras, los pobladores obtienen el aguaje, un fruto muy apreciado por propios y extraños .“Este es un ecosistema único en el mundo” nos refirió Norith López, celosa gestora de este proyecto ecoturístico.
En canoas a remo, guiados por mi amigo Juan Isuiza y en absoluto silencio ingresamos a este refugio de animales silvestres, en su mayoría monos y aves, que es además el hábitat natural de especies en peligro de extinción y en situación vulnerable. Pudimos apreciar una gran variedad de especies vegetales como helechos, heliconias, orquídeas y bromelias. Entre la fauna, destacan la nutria o lobo de río, monos (fraile, pichico y mono negro), el pelejo o perezoso, el achuni, el oso hormiguero y otros. Entre las aves encontramos tarahuis, flauterillos, tucánes, martín pescador y garzas. Pero lo que más me impresionó fue la mítica ave llamada “ayaymama” que ha dado origen a una leyenda muy conocida en la selva peruana; en cuanto a los peces existe el shirui, tilapia, mojarra, atinga, carachama, entre otros.
Luego del recorrido de varias horas selva adentro en las canoas, pasamos a ser guiados por el buen Fernando, gran conocedor de la zona, quien nos condujo por la selva virgen, asesorándonos en la forma de caminar en el fango que llegaba hasta nuestras pantorrillas, ayudándonos a sortear los troncos de los árboles caídos, alertándonos de los insectos ponsoñozos y de la posible presencia de oficios venenosos, entre ellos el jergón y demás bichos que habitan en la selva en total libertad.
Su machete fue el principal instrumento para abrir el sendero por donde entusiasmados y a veces miedosos, transitábamos. Es indescriptible la sensación de peligrosa soledad que se siente caminar entre la maleza del sotobosque y sobre un colchón de hojas y ramas que nos impide ver el suelo. Sentíamos la sensación de que en cualquier momento algún animal podría cruzarse en nuestro camino o algún insecto hacer de las suyas en nuestros cuerpos muy poco acostumbrados a esa realidad. La humedad y la acidez del suelo impide a los árboles tener raíces profundas, salvo los renacos y aguajes, por lo que, al caer, por su volumen y tamaño originan la caída de otros como un castillo de naipes. Ello dificultaba nuestra caminata, que unida a la humedad y fango se tornó en fatigosa pero extremadamente interesante. Tampoco desaprovechamos la oportunidad de columpiarnos de las lianas, cual Tarzanes modernos, pero de ninguna manera monos Chitas.
Al final de la jornada nos esperaba una gran sorpresa gastronómica. Reponer las fuerzas perdidas saboreando un nutritivo avispajuane, primo hermano del conocido juane, acompañado de unos frejolitos negros y el clásico “maduro” (plátano sancochado), asentado con un fresco refresco de higo con piña.
Al atardecer, mientras navega por el generoso río Mayo daba gracias a Dios, por haberme permitido cumplir con mi sueño de llegar a la selva virgen.

martes 4 de agosto de 2009

POR EL CAMINO INCA, EN LA LIBERTAD

POR EL CAMINO INCA, EN LA LIBERTAD

Diego, Cesar, Jonathan y Nils son de aquellos alumnos viajeros a quienes yo califico como “guerreros”. Los dos primeros son trujillanos y los otros de Piura. Ellos me acompañaron en mi aventura de cruzar “Las Escalerillas” del Cápac Ñan o Gran Camino Inca; un trecho que para muchos es “la cúspide más alta y espectacular de la ruta entre Quito y Cuzco”. Este tramo está en los Andes liberteños, uniendo las provincias de Sánchez Carrión y Santiago de Chuco.

Para ello, viajamos hasta Huamachuco, ciudad ubicada a 3.619 metros de altitud. De allí subimos a la laguna de Cushuro, (3.989 m.s.n.m.) a las faldas del majestuoso pico Huaylillas (4.970 m.s.n.m.), el más alto del nororiente peruano. Era la segunda vez que yo me enfrentaba a tan difícil reto, por eso sabía que nos esperaba tres fuertes ascensos para vencer igual numero de abras o portachuelos que son desfiladeros del camino, entre picos agudos y escarpados.

Desde la laguna, a una temperatura de 5 grados, a las 9.30 am. empezamos el ascenso al primer portachuelo discurriendo por una senda casi imperceptible. Unas piedras señalan los bordes del camino inca. El ascenso nos llevó una hora aproximadamente. Desde los 4.336 metros de altitud, se divisa la extraordinaria huella del Cápac Ñan aferrándose a la ladera del Huaylillas.

Luego empieza un descenso escarpado que se dificultaba más por la humedad del suelo y la persistente llovizna. A las 11.30 am. en un lugar algo abrigado descansamos un corto tiempo pues el peso de las mochilas era nuestro principal sacrificio. Nos esperaba una nueva ascensión hacia la segunda abra. En el ascenso encontramos los primeros escalones de piedra. Una amenaza de lluvia casi nos obliga a acampar en tan difícil lugar. Las paredes del Huaylillas presentaban bolsones de granizo.

A la una de la tarde coronamos el segundo portachuelo ubicado a 4.470 metros; el frío y los vientos seguían siendo un gran obstáculo. Desde este lugar la vista del Cápac Ñan dirigiéndose al tercer portachuelo por las laderas de la montaña es maravillosa. Se nota su trazo firme hacia la ultima abra, a la que trepa por un gran número de escalones en una pendiente muy empinada, la mas fuerte de todas. En este tramo apreciamos mejor los muros de contención con los que el camino se adapta al escarpado relieve.

A las 1.45 pm. hicimos un alto para descansar y evaluar la posibilidad de continuar o nó ese mismo día, dado que la pendiente que nos esperaba representaba un gran esfuerzo. Optamos por continuar. Definitivamente este es el tramo más exigente a nivel físico y el que posee el mayor número de gradas. A las 3.15 pm. lo habíamos vencido. La caminata por este empinado trecho no deja de ser gratificante. Recordé que en mi primera travesía tuve que dormír en ese paraje; en lo que hasta hoy ha sido la “peor noche de mi vida”.

Desde este último portachuelo, a una altura de 4.412 metros, iniciamos el descenso por numerosas escalinatas de piedra cubiertas de ichu, pero bastante perceptibles y conservadas. A las 3.30 pm. habíamos concluido el descenso y el reto de cruzar “Las Escalerillas”. Después de seis horas caminando sobre los 4.000 metros de altitud y superando muchas veces esa altura para vencer los tres portachuelos, el agotamiento, dolor muscular y el soroche se hicieron presentes en el grupo.

Ahora nos esperaba seguir el trazo del Cápac Ñan a través de la puna. En esas difíciles circunstancias apareció un “ángel guardián”: Juan Peña Ríos, un campesino que venía de Huamachuco siguiendo la misma ruta que nosotros acompañado de su yegua y una mula hacia su casa en Ingacorral caserío que, según él, quedaba “aquisito nomás”. Nos recomendó que no acampásemos en la puna por que la hipotermia sería fatal para nosotros; nos facilitó su mula para cargar lo que menos afecto le teníamos: nuestras mochilas.

Con Juan como guía, a las 4.30 pm. empezamos la dura y fría travesía por la puna. El Cápac Ñan sigue hacia el sur flanqueado por dos filas de piedras levantadas, formando una huella fácil de seguir. Atraviesa una porción de agua por el medio, elevándose sobre un ancho terraplén a 9 a 10 mts., el agua pasa por debajo del camino gracias a una canaleta.

Las siguientes horas fueron muy sacrificadas. Ya no caminábamos juntos; lo hacíamos separados uno de otro. La soledad, el intenso frío que calaba nuestros huesos y los fuertes vientos que nos rajaban los labios, hacían que valoremos más nuestro sacrificio. A la vez, admirábamos la capacidad incaica para construir un camino de esa magnitud en circunstancias tan adversas. Debo confesar que, íntimamente, nos molestaba comprobar que Ingacorral no quedase “aquisito nomás”. En la oscuridad nocturna, entre tropezones pese a la ayuda de nuestras linternas a las 8.30 pm por fin llegamos a la casa de Juan, “mas muertos que vivos”, pero felices (si cabe el término).

Luego del café de cebada y sin ánimo por cenar, antes de las nueve de la noche ya estábamos dentro de nuestras bolsas de dormir a la espera del nuevo día. Por la mañana nos sorprendió ver que el Gran Capac Ñan, pasa frente a la casa de Juan, perdiéndose rumbo a Ancash.

Desde Ingacorral, hubo que decidir entre tres rutas: Mollebamba distante diez horas, Tulpo a ocho horas o Angasmarca a nueve horas; escogimos la última opción pues desde ese distrito había mayor seguridad de conseguir una movilidad para Trujillo, ciudad desde donde escribo estas líneas de un viaje verdaderamente inolvidable, como muchos que Dios me ha permitido realizar por el Perú profundo.