Puede que el titulo parezca irreal, ¿Cómo es eso de: “un rincón amazónico en la sierra”? La respuesta la tiene nuestra mágica geografía peruana. Es cierto, en las alturas de La Libertad, entre los 2 200 y 2 400 m.s.n.m., provincia de Gran Chimú y escondido entre las montañas se halla el bosque de neblina de Cachil, lleno de especies endémicas, algunas propias de la selva alta, que se encuentra a miles de kilómetros del lugar.
¿Cómo se formaron estos bosques, llamados lluviosos o de neblina, y que hoy son una rareza en el país? Se nos explica que antes de que apareciese la cordillera de los Andes, el territorio peruano presentaba una frondosa vegetación. La aparición de esta cordillera determinó las tres regiones naturales: costa, sierra y selva. Pero, al crecer los Andes y formar la serranía, una franja de aquella porción selvática se quedó en la vertiente occidental, frente a la costa ocupando, en la antigüedad, las cuencas altas de los ríos Chira (Piura) hasta el Pativilca en el norte de Lima.
Estos bosques albergaban una fauna muy característica de la selva alta amazónica, como el oso de anteojos, el armadillo de nueve bandas, el jaguar, cuyo último espécimen fue cazado en 1911 en la cuenca alta del rio Pativilca, dos especies de monos que aún se existen en Tumbes y guacamayos que hoy solo habitan en los bosques de Taulis y Udima (Lambayeque). No podemos dejar de mencionar a los sajinos y tapires que se desplazaron a los bosques secos y páramos del norte del país.
El cambio de uso de estos bosques para fines agrícolas es un proceso milenario y se inició durante la época prehispánica, pero ha sido acelerado en los últimos siglos llegando a su casi desaparición. Hoy sólo podemos encontrar escasos relictos de estos bosques como el de Cuyas (Piura), Cutervo (Cajamarca) Udima (Lambayeque) y Cachil (La Libertad).
En días pasados tuve la oportunidad de ingresar nuevamente al de Cachil, para demostrar a mis alumnos que en la sierra liberteña hay un bosque con las características de la selva alta amazónica. Sabíamos que nos enfrentaríamos a un clima propio de los bosques lluviosos, pero ello no amilanó su juvenil entusiasmo. Llegamos la mañana del domingo con un sol esplendoroso, propio de la serranía. Después de recorrer una trocha de tres kilómetros desde la carretera a Contumazá, frente a nosotros un frondoso bosque nos esperaba con su sorprendente flora. Luego de instalar el campamento y de alimentarnos estábamos listos para la aventura.
Acompañados de un guía conocedor de la zona, ingresamos por un sendero. El primer “saludo” lo recibimos del olivo silvestre (poducarpous oleifolius) árbol emblemático que abunda en el bosque, una especie endémica y por lo tanto única en esta parte del país. Para la caminata, todos íbamos provistos de ramas de “zuros”, una especie de bambú muy delgado que abunda en la zona. Más adelante, en la espesura, pudimos apreciar gozar de la belleza de las orquídeas, las bromelias floridas, los helechos adheridos a los troncos de los cedros y robles silvestres; algunos muchachos no resistieron las ganas de treparse por las lianas que cuelgan de los árboles que tienen una altura de más de 20 metros, como en selva alta amazónica. La parte de los pantanos también fue un lugar interesante durante la visita.
Avanzando en la espesura llegamos a las vertientes de agua. El bosque, por las noches, recoge la neblina que se queda en las copas de los árboles y las convierte en el agua que discurrirá a través de ríos para irrigar los campos de la provincia. Este fenómeno atmosférico lo pudimos notar claramente mientras caminamos por tan interesante lugar.
De regreso al campamento, esperamos que se oculte el sol para volver a ingresar. La razón era más que emocionante, tener contacto con la “marimonda”, un animal nocturno del cual los lugareños no se han puesto de acuerdo sobre su naturaleza, unos dicen que es un mono, otros un felino y hay quienes opinan que es una especie de oso pequeño. La razón de la polémica es que nadie lo ha podido cazar, pero sí verlo y oído a la distancia. De lo que estamos convencido es de su existencia ya que vimos rastros de su presencia en los arboles de “lúcuma de oso”, una fruta endémica de la cual se alimentan.
Al anochecer, el bosque es otro. Más frío, más lúgubre, más misterioso, más lleno de los trinos de las aves que regresan a sus dormideros. En medio de aquel aislamiento pudimos escuchar nítidamente unos chillidos muy agudos y prolongados que no eran de aves, eran parecidos al de los monos. ¿Habrían sido los de la marimonda al percibir nuestra presencia? Algún día lo sabremos.
Guiados por las luces de las luciérnagas regresamos nuevamente al campamento. Era hora de encender la fogata, saludable costumbre inherente a toda reunión nocturna al aire libre. Una veintena de jóvenes alrededor de ella, enfundados en gruesas casacas disfrutamos de una noche viendo las estrellas fugaces en el límpido cielo. Pudimos apreciar cómo el bosque se fue envolviendo de neblina,... con nosotros dentro; convirtiendo la noche en una de las más frías para más de uno de mis acompañantes. Verdaderamente una experiencia polar. Muchos amanecimos al pie de la fogata que nunca dejamos que se apague pues más calor teníamos al pie de ella que dentro de nuestras carpas. Un frío inolvidable.
A la mañana siguiente y luego de recorrer la zona de las cascadas participamos de un banquete que no estaba en el programa. Fueron cerca de cien los choclos que disfrutamos y que fueron sancochados gracias a la habilidad de nuestro guía Wilmar quien aprovechó las brasas de la fogata. Conforme iban saliendo de la olla se los colocaban sobre hojas de “tinimpa” para que se enfríen y después,... a saborearlos.
Al final de la jornada, maravillados de la naturaleza que nos albergó, nos comprometimos a apoyar el esfuerzo de la familia Corcuera García, propietaria del bosque, para contribuir con su conservación y aprovechamiento turístico ya debemos cuidar este bello rincón de la Amazonía, ubicado en la sierra de La Libertad.


