martes 7 de julio de 2009

CHUQUILLANQUI, CARDOS Y PETROGLIFOS

CHUQUILLANQUI, CARDOS Y PETROGLIFOS

Tuve noticias que en la provincia de Gran Chimú existía una inmensa pradera poblada de enormes cactus, a los que por su tamaño se los conoce como "gigantones". Mis informantes me aseguraron que era mucho más extensa que la de Huancay, otra que conocí cuando descendí en motocicleta, desde Callancas (Otuzco) a la costa.

Intrigado por la noticia, preparé mi mochila y partí en busca de tan interesante lugar. Muy de madrugada aborde el ómnibus que, por tres veces a la semana, se dirige a Lucma. Camino ha dicho distrito andino, bajé en el paraje conocido como “El Desvío" y desde allí, siguiendo una trocha carrozable, entre árboles frutales y un intenso calor llegue a la comunidad campesina de Chuquillanqui, luego de cincuenta minutos de caminata. Hacía seis horas que había salido de Trujillo.

Chuquillanqui es un pequeño poblado que como muchos pueblos de Perú profundo carece de planificación pese su antigüedad. La trocha que recorrimos me indicaba que muy pocos vehículos arriban a tan alejado lugar. Me llamó mucho la atención comprobar que tampoco había iglesia o capilla católica, ni santo patrono que los proteja.

Alegres pobladoras que cumplían con el sabatino deber de lavar ropa en la acequia comunal me dieron la bienvenida y me indicaron donde quedaba la única bodeguita de poblado. En ella, don Santos Moreno, su propietario, me brindó bastante información sobre mi objetivo de viajero: la pradera de cactus conocidos como “gigantones” (Neoraimondia macrostibas). Antes, me reveló el nombre que se le da por aquellos lugares a tan imponente cactácea: "cardo".

Con el apoyo de su hijo Angel me dirigí al “Cerro del Diablo”, desde donde divisaría la gran pradera, motivo de este ya interesante viaje. Atravesando shongos y carnicales, otras cactáceas abundantes en el lugar, a cada momento me detenía bajo los inmensos vegetales para comparar su gran altura con la mía. Verificamos además que es cierto que sus troncos sirven verdaderamente como palos para las escobas debido a su fortaleza.

Desde el Cerro del Diablo pude ver con asombro la extensa planicie de cerca de 1.200 hectáreas, llena de cardos. En la distancia semejaba un enorme ejército de soldados listos para la batalla. Frente a mi, los cerros tutelares: Carangas, Chichas y Bronsin eran parte de un inmenso, hermoso y solitario paisaje.

Mi entusiasmo por sacar las mejores fotografías iba en aumento. Pero no todo estaba dicho. Angel, mi joven guía, comenzó a mostrarme los petroglifos que abundan en aquel cerro y de los que no tenía referencia. Divisé, además, largas pircas de piedra construidas por nuestros antepasados preincas. En las piedras figuras grabadas tienen formas humanas, de animales, cósmicas y otras indescifrables. Estaba frente a un interesante atractivo turístico tanto de naturaleza como cultural que merece ser incluido en el inventario de La Libertad.

De vuelta al pueblo y mientras me deleitaba con un plato de arroz con frejol montañero y carne guisada a la leña que preparó doña María; su esposo don Santos, me contaba historias de épocas pasadas, de cuando los cóndores, pumas y venados abundaban en aquellas praderas.

Al atardecer llegó la hora de la despedida. Un fuerte abrazo selló la nueva amistad con una familia que me ha permitido conocer algo más de nuestro hermoso territorio. Ojala pueda regresar
a este lejano pero interesante lugar, para disfrutar, entre cardos y petroglifos, del cálido clima y su agradable gente.

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