miércoles 9 de febrero de 2011

EN LA CASA DE CESAR VALLEJO


Recorrer nuevamente la casa de Cesar Vallejo en Santiago de Chuco, como en las anteriores veces, produjo en mí un sentimiento especial. Tan especial que me cuesta trabajo explicarlo. Estar en lo que fue su hogar, significó para mí sentir el alma del poeta en lo casero, lo cotidiano y lo familiar. Aquella mañana en el patio de la casa, con un cielo encapotado que anunciaba lluvia, sentí decir al poeta más intenso de la lengua castellana: “Hay soledad en el hogar; se reza; y no hay noticias de los hijos hoy”.

La casa está ubicada en el barrio Santa Mónica, calle César Vallejo Nºs 1030 y 1046; anteriormente barrio Cajabamba, calle Colón Nº 96. Su construcción es de adobe, con techos de eucalipto, carrizo y teja. En ella nació el poeta, en la habitación que se ubica al principio del corredor, ingresando por el zaguán hacia la mano izquierda.


El zaguán servía de acceso al interior de la casa. En ella, los corredores rodean el patio empedrado de cantos rodados. El pozo de agua está ubicado al pie del corredor, el corral está hacia atrás y ahí se guardaban los animales. La cocina está ubicada en la parte posterior de la casa y en ella se encuentra el horno, una estructura semiesférica construida de ladrillo cubierta con capas de barro.

César Vallejo siempre tuvo presente, en todas las etapas de su vida, los espacios de la casa que hoy recorro, el patio interior, el horno y el poyo, también la cocina y el fogón “que abriga y humea”. Todos estos espacios me acercan hoy a su mundo familiar. En esta casa se siente vibrar el alma de gente sencilla y de los integrantes de la vecindad. Recordemos que en Poemas Humanos Vallejo dice: “Todos han muerto. Murió doña Antonia, la ronca que hacía pan barato en el burgo. Murió el cura Santiago... Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modas de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer. Murió un viejo tuerto... Murió Rayo, el perro de mi altura... Murió Lucas, mi cuñado...Murió mi eternidad y estoy velándola.”


Su casa de Santiago de Chuco fue su hogar insustituible. Ernesto More refiere en su anecdotario, que Vallejo tenía mucho de desgarramiento interior, pero también del candor propio de un niño, triste y conmovedor, positivo y roto al mismo tiempo. Cuenta acerca de una expresión de César Vallejo en París y es que cuando se sentía fatigado y quería ponerse a buen recaudo decía ostentosamente: “¡Ya me voy a mi casa!”. Lo triste es que no tenía casa, vivía en hotelitos de mala muerte. Pero, ¿esta expresión no encierra una dimensión enternecedora? Y Ernesto More anota: “Él, el desheredado, gustaba referirse a su casa, se deleitaba sentirla por vía oral. Vallejo no tenía otra propiedad que la palabra”.


Al recorrer su casa, su hogar, entiendo por qué, para Vallejo, ésta se quedó en Santiago de Chuco. Aquí está. Integra. Tal como él la dejó. Con los mismos espacios por donde jugó “por la sala, el zaguán, los corredores...”. Aquí vivió con sus padres y sus hermanos. Aquí tuvo penas y alegrías. Su hogar se quedó enclavado para siempre en Santiago de Chuco, lejos, muy lejos de Trujillo o Paris. Fue un hogar tan tierno, afectivo y bondadoso que nunca quiso sustituirlo por otro.


Esta nota no estaría completa si no expreso un reclamo que ya tiene la constancia de una plegaria: ¡Hasta cuando las autoridades responsables van a seguir descuidando el estado material de la casa de Vallejo¡. Es increíble el estado ruinoso del inmueble, como es increíble el permanente desinterés de las autoridades locales, regionales y cuando no, nacionales por restaurar tan preciado patrimonio cultural. En el patio vacío de la casa me pregunto: ¿Es así como paga la patria el sacrificio de sus hijos?

Repuesto de la desazón que me produjo comprobar el estado en que se encuentra el inmueble, debo decir que esa misma casa, ese mismo hogar que albergó al joven Vallejo lo está esperando amigo lector. Le recomiendo que la visite.

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